
Ingresa a la capilla dispuesta al ritual, trastabilla en la entrada. No hay nadie, sólo ella está al fondo: alta, blanca, adorada y pura. Se trepa, pinta sus labios de estatua, su corazón de piedra. Marca su pubis allí abajo, donde debía estar y no estaba. Se tiende en el piso y empuña su mano fuerte, sabe que es un solo corte preciso y luego una lenta espera. Alcanza a tararear un "Oh-María-Madremía-oh-consuelo-del-mortal".Una María muere al asomarse la mañana: la otra no sangra.
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